El otro día estaba viendo el programa de TV “Españoles en el mundo” centrado en la ciudad de Chicago, cuando el comentario que hizo una de las protagonistas, música, flautista para más señas, me hizo sacar la sonrisa más irónica posible.
La tal flautista decía que quería que su hijo pequeño aprendiera y estudiara música porque…”todos los músicos que conocía eran buenas personas”, y “sí, quiero que estudie música”. Podía haber dicho que porque le podía ser útil, porque quería que fuese músico como sus padres, porque desarrolla habilidades e inteligencia, porque es cultura…pero no, porque “todos los músicos que conozco son buenas personas”.
Esto me recordó a cierta chica con la que salí hace años y que llegó un momento, más o menos cuando decidió que quería centrarse en la música, que empezó a hacer comentarios sobre lo especiales que son los músicos, lo especial que es ese mundo y lo geniales que eran algunos de sus profesores (por supuesto, especiales-mejores, no un simple especiales-distintos, o un terrible especiales-peores o especiales-freakys).
Muchos profesionales tiene un orgullo gremial sobre su papel en la sociedad y sus conocimientos, yo mismo lo tengo. Sin embargo, en ningún otro colectivo he encontrado ese orgullo que identifica sus gustos o profesión con la calidad humana. Y como es evidente, no me voy a molestar en demostrar que en ese mundo hay calidad humana y también miserias humanas, como las hay entre los médicos, los jueces, los arquitectos, los curas y los ingenieros…Lo que me asombra es que se lo lleguen a creer. Lo cual dice muy poco de ellos. A lo mejor es que era la flautista de Hamelín.
La tal flautista decía que quería que su hijo pequeño aprendiera y estudiara música porque…”todos los músicos que conocía eran buenas personas”, y “sí, quiero que estudie música”. Podía haber dicho que porque le podía ser útil, porque quería que fuese músico como sus padres, porque desarrolla habilidades e inteligencia, porque es cultura…pero no, porque “todos los músicos que conozco son buenas personas”.
Esto me recordó a cierta chica con la que salí hace años y que llegó un momento, más o menos cuando decidió que quería centrarse en la música, que empezó a hacer comentarios sobre lo especiales que son los músicos, lo especial que es ese mundo y lo geniales que eran algunos de sus profesores (por supuesto, especiales-mejores, no un simple especiales-distintos, o un terrible especiales-peores o especiales-freakys).
Muchos profesionales tiene un orgullo gremial sobre su papel en la sociedad y sus conocimientos, yo mismo lo tengo. Sin embargo, en ningún otro colectivo he encontrado ese orgullo que identifica sus gustos o profesión con la calidad humana. Y como es evidente, no me voy a molestar en demostrar que en ese mundo hay calidad humana y también miserias humanas, como las hay entre los médicos, los jueces, los arquitectos, los curas y los ingenieros…Lo que me asombra es que se lo lleguen a creer. Lo cual dice muy poco de ellos. A lo mejor es que era la flautista de Hamelín.
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